Cuando las cosas se hacían con más ingenio que recursos…

 

Un día 5 de agosto, hace 30 años, tuve el honor y el privilegio de asumir como Alcalde de San Felipe. Debo confesar que no me resultó una decisión fácil, por cuanto había decidido regresar a mi tierra, la misma que me vio nacer y crecer, con otros planes. Regresaba casado y con tres pequeños hijos.

¿Qué me convenció? Ver el deterioro que había experimentado nuestra comuna y cómo habíamos ido perdiendo –al menos ese era mi juicio- esa identidad tan propia de los sanfelipeños. Decidí entonces postergar mis planes personales para intentar devolverle la mano a mi ciudad por todo los hermosos momentos que me había prodigado en mi infancia y juventud.

Fueron dos años de trabajo intenso junto a los funcionarios de la municipalidad, a quienes no me canso de agradecer, pues gracias a ellos se lograron hacer innumerables obras y actividades en bien de la comunidad.  

Una de las primeras acciones fue implementar un sistema de gestión distinto, de alguna forma aprovechar y poner a disposición el conocimiento y experiencia adquirido fuera de mi tierra. Lo anterior implicó dedicarme 100% a los asuntos de la comunidad y del municipio, no había otra forma para lograr concretar todos los sueños y desafíos asumidos.

Ciertamente el sueño y desafío mayor era recuperar nuestra Plaza de Armas, principal centro social, otrora orgullo de los sanfelipeños. El tiempo y el abandono por diferentes razones la había transformado en un lugar boscoso y oscuro, aprovechado por macheteros, delincuentes y grupos de personas que se reunían a consumir drogas. Ya no era el espacio propio de los sanfelipeños y por lo mismo  prácticamente ya nadie concurría.

Nos propusimos recuperar este punto neurálgico de nuestra identidad y orgullo, pero para lograrlo tendríamos que recurrir a todo nuestro ingenio e influencia, pues apenas teníamos reservados en el presupuesto municipal poco más de dos millones y medio para una obra que tenía un costo superior a los 65 millones. La pregunta que surgía entonces era obvia: ¿de dónde sacaríamos los recursos que faltaban? Fueron surgiendo varios caminos: primero, hacer calzar dos ejercicios presupuestarios; luego construimos una maqueta para exhibirla y generar entusiasmo y deseos de ayudar en la población; y finalmente recurrir a las instituciones y empresarios de la zona para que aportaran a esta gran obra. Así surgieron los aportes de los clubes de Leones, Rotarios y Círculo 21, colegios y de varios conocidos empresarios encabezados en ese momento por Pablo Casas Auger, conocido abogado de la zona. Ciertamente todo este proceso tuvo sabrosos detalles que por ahora me guardo.

La plaza estuvo cerrada a la comunidad por poco más de un año, se le puso un cerco de planchas de zinc que se rescataron del desarme del galpón del Club de Huasos que estaba en el estadio fiscal, el que se había llevado el río producto de las torrentosas lluvias del invierno del año 1987.

La privación a la comunidad de ese período a Dios gracias trajo su recompensa y un día de diciembre, de madrugada, en un trabajo realizado por los funcionarios y funcionarias del municipio, todos con herramientas en mano, retiramos el cerco que impedía ver y acceder a nuestra plaza. Queríamos darle una gran sorpresa a los sanfelipeños como regalo de navidad y lo logramos. Fue un día maravilloso. Inauguramos la plaza como se merecía, llena de sanfelipeños, habíamos recuperado nuestro principal centro social, lucía hermosa, y con ello nuestra identidad y orgullo.

En una futura columna les contaré como salvamos el Estadio Municipal de su clausura, como recuperamos las alamedas, como ampliamos la ciudad, como recuperamos nuestras tradicionales fiestas como la de la chilenidad en septiembre de cada año o la de la primavera y como sembramos la semilla para atraer la mirada de las universidades para instalarse en San Felipe.

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