De cómo tuve mi librería y me hice librero por añadidura

Soy dueño de una librería, lo que no es precisamente bueno  ni malo. Puede
ser sonar muy guay, pero no sé si sentirme afortunado o víctima de una
broma del destino. Ya saben, las librerías no han sido nunca un negocio
como para hacerse ricos, a menos que seas Amazon o en menor medida, la
librería Antártica o la Feria Chilena del Libro, y el riesgo de fracasar es
alto. Tampoco lo elegí. Son esas “oportunidades que no se deben dejar
pasar”, así es que casi de la noche a la mañana pasé de ser un simple
mortal a ser el librero del pueblo, en este caso de la ciudad de Los Andes,
gracias a un proyecto Fondart que me financió la idea.  Fue así como me vi
barnizando los muebles hechos por mi amigo Felipe, pintando las paredes y
el techo del local, pasando virutilla, encerando y pasando brillo a la
antigua, con el pie, todo para que el espacio estuviera lo más bello y
acogedor posible. Fueron también horas interminables seleccionando los
libros de entre los catálogos de los editores, y luego, una vez en la
librería, ponerles precio,  hacer los ingresos en el sistema y ubicarlos en
los estantes, su penúltima morada (espero). Si hubiera sido sólo eso quizás
no fuera tan intenso, pero seguía en mis otras actividades y proyectos, por
lo que las horas del día se hicieron escasas y por ende más duras. El día
del lanzamiento, una actividad íntima con los amigos y la familia, nos
sirvió para tener la pausa necesaria para juntar fuerzas para continuar. Un
grupo de cuentacuentos de la ciudad que nos deleitó con un par de historias
maravillosas, y la magistral interpretación de las composiciones musicales
más desconocidas de Violeta Parra en manos de una concertista en guitarra
clásica, fueron el marco para  el nacimiento y presentación en sociedad de
mi librería, Librística, imperfecta y con falencias pero hermosa como toda
hij@ cuando ve la luz, ya saben que no hay hijo feo, y la mía no iba a ser
la excepción.

Al final del día, cuando todos se hubieron ido, como en la canción de Tito
Fernández, quedamos mi librería, los libros y yo. Ahí estaban los libros
que había seleccionado con tanto cariño, para un público ávido de lectura
que había construido en mi imaginario. Me imaginaba a otro Luchín, uno
cualquiera, quizás ahora en algún poblado rural de Los Andes, Calle Larga o
San Esteban, encontrándose con un libro de mi librería. Entonces recordé
una cita de Marcel Prévost que encontré en un libro de mi amiga María Paz, “el
hallazgo afortunado de un libro puede cambiar el destino de un alma”. Y me
fui satisfecho,cansado pero muy feliz.

Luis Cancino. Es Ingeniero de la Universidad Santa María. Fundador de
Gestiona Consultores SpA (2011), ha sido consultor y director de proyectos
de innovación en su propia consultora y en Fundación SERCAL. Posee un
perfil orientado a la conexión de redes de colaboración, vinculación de
capacidades entre pares y generación de oportunidades de negocio en base a
los principios de la hibridación empresarial-industria creativa y de
co-creación de valor con los clientes. Se ha especializado en la
exploración y aplicación de metodologías de creatividad. Fue Co-Director de
Proyecto ARMO Hacedores de la Escuela Taller de Artes y Oficios Fermín
Vivaceta y Director en proyecto Prototipo de Escuela Taller de Artes y
Oficios Aysén, de línea Prototipos de Innovación Socialde Corfo.
Actualmente es Director de Proyecto “Formación Emprendedora de Estudiantes
a través de la Creación de Microeditoriales Escolares”, que se ejecuta en
Calle Larga y otras comunas, y Director y Librero en Librística.

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