Los desafíos de la izquierda, centroizquierda y los sectores progresistas del país

Como ya es ampliamente sabido, el día 19 de noviembre del presente año se llevarán a cabo las elecciones presidenciales, parlamentarias y a consejerías regionales. Con esto, es mucho lo que está en juego, pues cada uno y una de los ocho candidatos a la Moneda representan distintos proyectos políticos y visiones país; no obstante, la de varios y varias de ellas presentan una serie de puntos en común, lo central: la voluntad de profundizar y avanzar en temáticas sociales como lo son la gratuidad en la educación superior, las pensiones, la igualdad de género y la salud, entre otros.

 

Según las encuestas (las que, por sus propietarios, tampoco representan una fuente completamente fidedigna), quien mayores posibilidades tiene de convertirse en primera mayoría este noviembre es el candidato de la derecha Sebastián Piñera; pero hoy, los ojos están puestos en el eventual balotaje.

 

Los posibles escenarios para la segunda vuelta nos presentarían a Piñera en contra del candidato de la Fuerza de la Mayoría, Alejandro Guillier, o a Piñera en contra de la abanderada del Frente Amplio, Beatriz Sánchez. Para ambas posibilidades, hoy, la derecha podría tener cierta ventaja: la unidad. Lo que nos arroja a una de las históricas falencias que ha sufrido la izquierda: el divisionismo.

 

Las diferencias políticas y pragmáticas de los sectores del progresismo, de la izquierda y de la centroizquierda son naturales, sanas y válidas, no obstante, esto no puede radicar en una lucha de egos y purismos que, solamente, beneficia al sector que a lo largo de la historia de nuestro país ha precarizado y vulnerado los derechos de las y los chilenos. Abrir camino a una posible vuelta de la derecha al poder, es perder lo avanzado en los últimos cuatro años de gobierno. Marginarse de una eventual segunda vuelta, o votar nulo, es abrirse a que más de 380.000 familias pierdan el derecho a que sus hijos e hijas estudien sin endeudarse millonariamente, también significa que las mujeres y las niñas de Chile puedan perder su derecho a decidir sobre su cuerpo al menos en tres circunstancias tan dolorosas como son las causales de aborto terapéutico, derechos reivindicados gracias a años de lucha y a la voluntad política de la actual administración, a pesar de todas las barreras que se impusieron en el camino.

 

No se trata de generar alianzas porque sí, sino de abrir el espacio al diálogo y a la convergencia programática para defender las conquistas que han mejorado la calidad de vida del pueblo. ¿Falta por avanzar?, absolutamente, mucho, pero eso no puede invisibilizar lo que sí se ha conseguido. Las coaliciones políticas no deberían ser un fin en sí mismo, sino un medio para transformar e impulsar los cambios; en el momento en que se prioriza la imagen de éstas por sobre las repercusiones que podrían tener las decisiones de las colectividades, para todo el país, se pierde el sentido de lo que debería ser nuestro principal motor.

 

Construir mayorías y unidad entre todos los sectores que queremos avanzar en igualdad y justicia social es nuestro gran y colectivo desafío para no tener cuatro años de retrocesos y fortalecimiento del sistema neoliberal.

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