Uno es ninguno, La Columna de Citadini

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Encontré los restos de una barricada mientras paseaba en bicicleta por la aldea donde vivo: restos de grandes neumáticos a ambos costados del camino; un camino frecuentado más por animales que por seres humanos. Justo pasaba por ahí otro parroquiano en bicicleta y le pregunté quién había hecho la barricada:

        —¡Unos cabro’, eñó, mire cómo dejaron! ¡Los jóvenes no piensan! Y todavía no vienen de la Municipalidad a sacar esos restos.

       Me quedó dando vueltas la frase, los jóvenes no piensan. Es propio del ser humano pensar, y ciertamente los jóvenes también piensan. Quizás podríamos decir que los jóvenes hoy, por lo general, piensan a la rápida, por así decir. Sus frases son como chispazos, como destellos de una certeza incuestionable, no hay reflexión ni autocritica. Una niña bonita entrevistada en televisión le preguntaron qué opinaba de sacar el monumento del general Baquedano, ella dijo con una sonrisa algo así como: “si cayeron todos los otros monumentos, por qué éste no”. Bien, derribemos todos los monumentos, borremos nuestro pasado, y después, ¿qué? Si hemos llegado hasta aquí es porque cientos de generaciones nos han trasmitido su conocimiento, su sabiduría; y nos han hecho ver qué sucede cuando el poder se ejerce irracionalmente. Me parece también que los reporteros son demasiado pasivos ¿Por qué cuando entrevistan a alguien no le piden explicaciones por sus categóricas afirmaciones?

Me desvié del camino, lo cierto es que iba a comprar un melón al almacén más cercano. 

Cuando llegué, un niño de no más de catorce quería comprar un chocolate. El hombre le dijo que tenía sólo de $ 2.500 pesos. El hombre mostró el chocolate. Cuando el tipo se distrajo le dije al niño que ese chocolate en el supermercado del pueblo valía mil pesos. En niño ni siquiera me miró. Pago el chocolate con un billete de cinco mil, recibió su vuelto y se marchó sin la boleta, por supuesto. Claro, ir al pueblo le hubiera tomado media hora al menos, y unos quinientos pesos de pasajes. El melón también valía $ 2.500. Lo encontré caro, me fui a un almacén cerca de la carretera y compré uno por $ 1.500 pesos. Ahorré mil. Como dice en la Biblia, uno con poco compró mucho.

También suelo comprar comida para llevar donde compra el pueblo. Veo que la gente compra y paga sin chistar. $8.000 por un pollo asado con papas fritas. $3.800 por un churrasco, chaparritas, salchipapas, coca-colas de tres litros y así; nadie pide la boleta.

Ahora viene mi propuesta, mi asesoría gratuita. Por favor, ríanse todo lo que quieran. Y me pongo el parche antes de la herida: no soy economista ni quiero serlo. Mi propuesta es que el seis por ciento adicional por parte del empleador vaya a las cuentas individuales. Y subir el IVA uno o dos por ciento para mejorar las pensiones de los grupos más vulnerables. Hay varios países de la OCDE que tienen IVAs más altos que el nuestro. Claro, como dicen los expertos, es un impuesto regresivo. Pero si todos hacemos un esfuerzo por los demás, quizás no duela tanto. 

Sabemos que la obesidad es un tremendo problema y afecta a los quintiles más vulnerables. Entonces, si las familias disminuyen su gasto en comida alta en grasas saturadas, y en gaseosas, un poco menos de pan a la semana, y otros productos ricos en azúcares, y si entonces gastaren más en frutas, legumbres y vegetales, ese uno o dos por ciento de impuesto tal vez no se notaría al final del mes; incluso los gastos totales de una familia o de los individuos pueden llegar a disminuir. También propongo formalizar lo más posible el trabajo informal para que estas personas entren al sistema y puedan acceder a créditos estatales blandos. ¿Es mi propuesta tan descabellada como parece?  

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