Gabriela Moya: La pandemia más allá de los números

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Soy dirigenta social hace más de veinte años y he estado al lado de las mujeres y también de los y las adultas mayores de la comuna de Los Andes, caminando, conversando, informando y tomando su voz para llevarla a todos lados donde sea escuchada, pero ahora con esta crisis sanitaria que nos ha golpeado hace más de un año, hay quienes han quedado sin su voz. La pandemia ha sacudido nuestras vidas desde lo económico hasta nuestras relaciones sociales y familiares. Nuestros viejitos y viejitas se han visto en la necesidad de esconderse y resguardarse para poder mantenerse sanos, pero alejándose de todos y todas, y quedando a la deriva de la sociedad y de un gobierno que no da las soluciones y no responde a sus necesidades. Ellos y ellas, se han visto cada vez más desplazados y desplazadas por una sociedad que no los integra, una sociedad que se moderniza, que los obliga a recurrir a elementos tecnológicos a los cuales no tienen acceso. Ellos y ellas, se han visto postergados e invisibilizados por cifras irreales que esconden grandes niveles de precariedad, hambre y vulnerabilidad. Ellos y ellas no postulan a los bonos y “beneficios”, no logran informarse, no logran conectarse con esta sociedad que los desconecta.

Como vecina, lo veo día a día, lo observo en cada olla común que se levanta en las villas y poblaciones de la ciudad, lo percibo en cada saludo lejano y en cada mirada cercana. Nuestros viejitos y viejitas sufren una doble pandemia, la sanitaria y la de la soledad. La primera los golpea en sus cuerpos frágiles y gastados con el tiempo los cuales dependen de un sistema de salud que colapsa año a año, pero también los golpea en sus bolsillos sin recursos y dependientes de pensiones miserables, que con el paso del tiempo terminan siendo una burla para quienes dieron su vida construyendo el Chile que actualmente conocemos. Mientras que la segunda pandemia, la de la soledad, es una enfermedad invisible, desconocida, que a momentos no logramos percibir, y que ellos y ellas no logran reflejar. Esta enfermedad afecta y deteriora sus sentidos, su alegría, su vitalidad, y se la lleva con ella.

Por esta razón, es menester estar ahí, con ellos y ellas, preguntando, observando, ayudando y apoyando. Mi labor como dirigenta es y será esa, y ahora más que nunca, nuestros viejitos y viejitas, nos necesitan a su lado dentro de esta lejanía.

Por Gabriela Moya

Dirigenta social, presidenta de la UNCO Mujeres y

 Candidata a concejala por Los Andes

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