Basta la palabra, la columna de Citadini

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La frase es de mi abuelo, otra vez él, así decía cuando se zanjaba un tema entre caballeros. Esto sucedía transversalmente en todo el arco político. Hoy la sabiduría de los abuelos va a la baja y los caprichos de los niños la llevan. Menciono esta frase, porque hace unos días escuchaba por la radio el testimonio de un matrimonio que viajaba por Escandinavia, decía que sólo en Dinamarca los habían detenido y les habían preguntado si estaban vacunados, ellos habían respondido afirmativamente y los habían dejado pasar, es decir, bastó la palabra. Hay algunos que piensan que deberíamos ser como esos nórdicos, ¿será posible?

Pensemos en el comportamiento de nuestra clase política, cómo se dan vueltas de carnero y saltos mortales; no es necesario dar ejemplos. Además, los tiempos que vivimos son parecidos a los de la Unidad Popular: un país polarizado, crispado, atrincherado, como dicen. Sin embargo, son también tiempos muy distintos, por la irrupción de internet y las redes sociales. Tenemos hoy dos “grandes hermanos”, o hermanas. Uno nacional, que es el gran hermano funador, o gran hermana funadora. Y uno internacional, el gran hermano de las redes sociales. Del último tampoco voy a dar ejemplos, sólo cuente usted cuántas veces mira la pantalla de su teléfono celular en el día y saque conclusiones.

El gran hermano funador llegó desde la inconciencia colectiva. Algunos periodistas se instalaron como sus sacerdotes. Se originaron mensajes; por ejemplo, que los empresarios son todos tunantes. Y qué hay de los políticos que pasaron a llevar los contratos de los pensionados con las compañías de rentas vitalicias. Usted confiaría en alguien así. Quién, fuera de la Virgen María, está libre de pecado en el país.  Supongamos que le quitamos todo el dinero a los empresarios y lo repartimos en diecinueve millones de personas. Qué sucedería, duraría menos que el pela’o Rojas Vade en la nieve, (esa es de mi padre). 

Recuerdo un diálogo que tuve con un colega a poco de aprobarse el acuerdo por la nueva constitución, cuando el ambiente en el país estaba de lo más caldeado. En medio de la plática me preguntó:

         ―¿Vas a votar apruebo o rechazo?

         ―El voto es secreto ―respondí.

         ―Entonces vas a votar rechazo, te vamos a funar.

         La verdad logró intimidarme. Luego continuó hablando del descontento de los jóvenes en las poblaciones. Entonces me dijo:

         ―¿Qué solución ves para estos jóvenes?

         ―Para mí, la solución es la educación. Pero eso toma tiempo y dedicación.

         Seguimos conversando de otros temas hasta que llegó la hora de despedirnos:

         ―Te vamos a funar ―me dijo con un tonito de amenaza.

        Yo le respondí con mi arma democrática:

         ―El voto es secreto.

         Cuántos de aquellos que votaron apruebo dirán hoy que su elección fue la correcta; pensando en todos los escandalillos del proceso constituyente. Seguramente algunos habrán dicho, pisamos el palito, por no decir otra cosa. Hasta el momento los constituyentes se han ido en casi, “puros saltos y pedos”, (esa también es de mi padre). Pero no perdamos la esperanza, aunque lo que de ahí salga no es lo fundamental, porque lo importante es qué va a suceder en el país luego de tener la nueva constitución. No vaya a ser que nos encaminemos a Venezuelandia y con el tiempo la migración tenga que ir en sentido contrario.

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