El día que decidió el Algoritmo, La columna de Citadini

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Las Leyes

Hace muchos años existía un poderoso rey que era además sabio. Quiso redactar leyes para sus súbditos.

Reunió entonces a mil hombres sabios de mil tribus diferentes y les hizo venir a su castillo para que redactaran las leyes.

Y ellos hicieron su tarea.

Y cuando las mil leyes escritas en pergamino le fueron entregadas al rey y éste las hubo leído, lloró amargamente en su alma porque ignoraba que hubiera mil formas de crimen en sus reinos.

Llamó entonces a su escriba, y con una sonrisa en los labios, él mismo hizo las leyes. Que no fueron más que siete.

Khalil  Gibrán

Y estamos ahora en esto de la nueva constitución. Si me hubieran pedido la opinión, (ustedes dirán, y a mí que me importa), yo hubiese dicho que la constitución debería ser redactada por no más de 10 personas de distintas tendencias políticas, más dos representantes de los pueblos nativos, todos entendidos en la materia. Siempre he pensado que los que tienen el don de hacer pasteles debiesen hacer pasteles. Pero sabemos que vox populi vox dei est, aunque me temo que il popolo esta vez estuvo bien condicionado por el “canto del pajarico”. La cosa es que estamos ahora con este popurrí de 155 convencionales constituyentes en la labor de escribir una nueva constitución. Y es bueno que Dios haya querido que no haya un tercio con la capacidad de ejercer veto, situación que obligará a llegar a acuerdos.

¿Cuántas personas habrán leído la Constitución del 80? ¿Cuántas personas leyeron la Edición Histórica de la Constitución Política de la República de Chile, Origen y trazabilidad de sus normas desde 1812 hasta hoy, de Jaime Arancibia Mattar? En esta edición se demuestra muy didácticamente con peras y manzanas que la mayor cantidad de leyes que se adicionaron a la constitución desde la primera en adelante se realizaron en el período que va desde 1989 a 2020, es decir desde el regreso de la democracia en adelante.

Leí este último texto y confieso que llegando al final de la obra me quedé dormido y “tuve un sueño”. Soñé que unos ingenieros informáticos le entregaban gran cantidad de datos a una supercomputadora. Estaban ingresando todas las constituciones del mundo, partiendo por la más antigua, la de Estados Unidos, que tiene sólo seis artículos y 28 enmiendas, hasta la constituyente del “librico chiquitico”. Ingresaban también las opiniones de los mejores expertos constitucionales en el mundo. Además incluían las visiones del amplio espectro político de nuestro país: partiendo por los escudos metálicos, siguiendo con los azules, los amarillos y los rosados, llegando a todos los pueblos, los cortes de circuito y a los nostálgicos y nostálgicas del Gulag. Nuestra idiosincrasia: nuestras virtudes y defectos, en fin. Una enorme cantidad de información. Luego y en menos tiempo del que hubiésemos imaginado el algoritmo había escogido la constitución ideal para nuestro país. Se aprobaba rápidamente con un 90% en un plebiscito de salida. Y el costo de este trabajo era mínimo. El estado se ahorraba una gran cantidad de dinero. Todo esto lo veía yo en el sueño. Con el dinero ahorrado el gobierno construía muchas casas. Se sumaron a esta iniciativa los parlamentarios quienes, con parte de su sueldo, todos los meses, cada uno de ellos, regalaba una casa a una familia, de esas casas de un millón y medio, de 70 metros cuadrados. Es decir unas 200 casas por mes. También los privados que ganaban desde 10 millones de pesos mensuales donaban una casa al mes. Así fueron desapareciendo los campamentos. Sin embargo, cuando en la imagen final, listos para la foto, veía a nuestros senadores dispuestos a entregar las llaves de las casas a los pobladores, desperté por el ruido del televisor. Comenzaban las noticias.

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