Opinión: Hacer presencia del evangelio en la asamblea constituyente 2021 por Josè Antonio Mora Gòmez

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Aportemos intelecto y sabiduría cristiana en la elaboración de esta nueva constitución política para Chile.  

       Las escenas de violencia desde el mal llamado “estallido social” a la fecha, protagonizado por hombres y mujeres encapuchados, que a saltan y roban vehículos, que asaltan y destruyen locales comerciales, destruyen infraestructura vial, prenden fuego a iglesias católicas. Realmente son imágenes que aparecen en televisión como muy cotidiano y normal. Ya el ciudadano común y corriente le es ya normal que esto suceda. Está perdiendo la capacidad de sorprenderse, del dolor y pavor, ya está insensible al vandalismo y al horror. Delinquir, transgredir, infringir, le es normal. Manifestaciones y comportamientos que han llegado para quedarse. representan también la materialización del odio y la sinrazón, así como el oportunismo cobarde de fracciones radicales, que buscan polarizar la opinión pública incitando al odio y la violencia.

          Uno se pregunta, ¿Qué relación existe y qué tiene que ver la quema de iglesias, la destrucción de obras viales, asalto a locales comerciales y otros? La respuesta es clara, Infundir el miedo crear el odio y caos en la sociedad. El mal es irracional, la violencia absurda. No hay que buscar una justificación racional de los hechos, pues representan la embriaguez del absurdo. La injusticia social se combate con educación, trabajo y en las urnas a quienes elegimos para que nos gobierne.

         Lamentablemente la ciudadanía se deja arrastrar por sus emociones, no tiene tiempo para leer y pensar fríamente en esto, por su vorágine está viviendo en su metro cuadrado mezquinamente. Creo que como católicos hemos fayado en nuestra acción pastoral evangélica en este sentido.

         Sino actuamos y cambiamos nuestro accionar, lo imposible puede hacerse realidad, terminar en una sociedad en caos total de destrucción. Ahora bien, como cristianos y como ciudadanos estamos indignados. No hace falta que seamos chilenos para estarlo, pues se pisotean nuestros sentimientos religiosos con ocasión de su cuestionable protesta ideológica. Como católicos no podemos responder con la misma moneda, pues resultaría más anticristiano que la misma quema de iglesias. No podemos contribuir a alimentar el espiral de odio y violencia. “No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio, discernimiento y dialogo; nunca con la fuerza, siempre con la caridad”, así lo dijo Escrivá De Balaguer. 

          Como pueblo de Dios, como iglesia católica inserta en una sociedad democrática y republicana, deberíamos hacer posible nuestra manifestación política pacífica y civilizada, de forma que exista la posibilidad real de controlar a los revoltosos oportunistas que impunemente violan el estado de derecho. No podemos, simplemente, ver cómo desaparece la civilización por obra de unos desadaptados sociales.

          Sabemos que los políticos radicales y anarquistas Trotskistas, excluyen expresamente el diálogo racional, pues la razón juega en su contra y lo saben. “Infundir el miedo crear caos en la sociedad, para tomar arteramente el control de esta” así lo señala en sus escrito León Trotski. Quien fue muerto por sus propios correligionarios moderados de izquierda. Por ello, la alternativa de estos grupos anárquicos es la violencia y producir el caos. Consecuente como hombre de fe y creyente, deberíamos tener el valor de defender el respeto, la fraternidad, la solidaridad. Jesús nos enseñó el primero y grande mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Y el segundo que es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

           Porque no es justa la quema de iglesias, ni el saqueo de negocios, ni vandalizar monumentos o la destrucción de infraestructura pública. La violencia es ilegítima en el estado de derecho, descalifica la causa que la motiva y pone en peligro a la sociedad y sus instituciones. Como sociedad, como ciudadanos, no podemos dejarnos secuestrar masivamente por un grupo minoritario de radicales exaltados.

          Como laico comprometido solo nos queda manifestar nuestro dolor y nuestra inconformidad por esta tristes conducta de políticos, anarquistas y fanáticos radicales que canalizan su odio hacia los monumentos religiosos, así como por los cristianos y ciudadanos responsables que buscan fomentar la unidad, el diálogo y hacer frente a la enconada división que enfrenta la sociedad chilena, y que ha encontrado su chivo expiatorio en los templos.

          Pero tampoco podemos quedarnos parados, sin hacer nada y lamentándonos de los tristes hechos. No podemos ser cómplices pasivos de estos bárbaros, pues “el que calla otorga”, y como ciudadanos no podemos resignarnos a que la barbarie sustituya siglos de civilización, cultura y convivencia. Como ciudadanos, la sociedad civil en general debemos exigir al Estado que sea capaz de mantener el orden público, la paz, la seguridad.

         La misión de la Iglesia es sobrenatural, está por encima de ideologías políticas partidistas. Su tarea es hacer posible la comunión con Dios y entre los hombres, hacer posible la fraternidad social, de forma que podamos ir del brazo con quien piensa distinto de nosotros. Es un misterio de comunión que busca crear unidad ahí donde solo hay división. La Iglesia chilena tiene ahora un gran desafío, pero la Iglesia no es solo ni principalmente la jerarquía; la Iglesia es cada uno de los bautizados, somos los responsables de contener la hemorragia de las heridas de la división y de encontrar el camino del diálogo, la concordia y la paz.

        La ciudadanía en este reciente plebiscito aprobó elaborar una Nueva Constitución, el presidente de la República deberá convocar, mediante decreto supremo exento, a elección de los miembros que redactaran la nueva Constitucional Política del Estado como así fue votada. Esta elección de sus miembros se llevará a cabo el día 11 de abril de 2021.

        Esta Convención Constitucional quedara integrada exclusivamente por 155 miembros, elegidos en votación popular según distrito electoral, establecidos en las elecciones de diputados con el mismo número de elegidos por territorio, por la región de Valparaíso correspondería elegir 21 representantes en total.

        Estamos llamados a hacernos presentes obispos, sacerdote, religiosas y laicos comprometidos competentes a participar en este proceso republicano. Como iglesia y pueblo de Dios, debemos ser partícipe en la elaboración de esa nueva carta magna, ser parte de esta nueva constitución política de Chile. No miremos para el lado, no podemos sustraernos de esta oportunidad de hacer efectiva nuestra misión. La iglesia católica debe estar presente en esta misión, porque es nuestra misión como cristiano de velar por la paz, por la vida, representar y vivir la Doctrina Social de la Iglesia. Dios nos llama a todos a trabajar para Él, y nos da como única recompensa su amor, la amistad de Jesús, que es el todo para nosotros, y llama siempre, a cualquier hora. También hoy hace un llamando en Chile, a su iglesia para trabajar por Èl. Nos invita a trabajar para su Reino. El Señor no está encerrado en su mundo, sino que sale… sale a la búsqueda de las personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor. En este sentido la Iglesia, nuestra iglesia chilena debe ser como Dios, “siempre en salida”, pues “cuando la Iglesia no está en salida, se diluye, se esfuma, pierde su presencia. Chile requiere una Constitución Política con perfume de amor, de solidaridad y justicia. Si sacamos a Dios de la arena pública, los derechos y valores fundamentales del hombre quedan en peligro.

       El compromiso sociopolítico del cristiano implica una superación de la mentalidad dualista que ha caracterizado, durante años a nuestra cultura. Esa mentalidad lleva a seccionar a la persona humana y a percibir a la realidad como dividida en sí misma, con tendencias antagónicas internas: iglesia-mundo; cuerpo-alma; oración-acción; espiritualidad-compromiso; amor a Dios-amor el prójimo… etc. etc. Desde esa mentalidad, se ve a lo sagrado como totalmente alejado de lo profano y al reino de la gracia separado del reino del pecado aún en el orden físico. Como resultado surge ese falso espiritualismo que trata de refugiarse en el área de lo sagrado, huyendo de los compromisos y de las exigencias éticas de las realidades temporales. Avanzar por el camino de la santidad es alejarse del mundo a cuál se lo ve como enemigo de Dios. En lugar de percibir esta diversidad de tensiones como algo llamado a la complementariedad, se ve como realidades a una continua conflictividad.

         Creo que no se ha logrado articular la dimensión de fe con el compromiso político. Permanecen, como dos polos antagónicos y totalmente distanciados. Falta llegar a una verdadera síntesis que le dé pleno sentido a la fe desde el compromiso social y que, a su vez, lo social sea vivificado y animado por esa misma fe. El Documento de Aparecida hace muchas alusiones a la Doctrina Social de la Iglesia y al compromiso transformador de los cristianos, hoy es el momento de actuar.

          El Papa Benedicto XVI lo dijo muy claramente en el discurso de inauguración de esa V Conferencia del Episcopado Latinoamericano: “El respeto a una sana laicidad es esencial en la tradición cristiana auténtica. Si la Iglesia comenzara a transformarse en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes valores, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá el ámbito político. Formar conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias». Insiste en que para evangelizar la realidad hay que partir de esa misma realidad. Sólo así podrá ser transformada a la luz y el dinamismo de los valores del Reino. La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros, vida que acontece en contextos socioculturales bien concretos. Estas transformaciones representan, naturalmente, nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios” (D.A. 381).  

         Este documento (D.A.) habla de una liberación integral, pues el proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre… se trata de un Reino de vida, oferta de vida para todos. «Por eso la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia debe dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna para cada hombre y cada mujer… (D.A.375). «Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos… El magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social (D.A. 373). Hoy la Iglesia ha de presentar una opción clara, eficiente y cristiana que responda a este reto en nuestro convulsionado País, tenemos la oportunidad de estar presente en la redacción de la Constitución Política del Estado de Chile. En el Documento de Aparecida podemos encontrar respuestas para esta nueva carta magna para Chile. Una constitución con un verdadero compromiso sociopolítico cristiano, portadores de los principios y las directivas concretas de la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

          Hoy es el momento para que la Iglesia se haga presente en la sociedad con una opción clara y eficiente que responda a este reto en nuestro convulsionado País. En el Documento de Aparecida podemos encontrar respuesta para todo ciudadano con verdadero compromiso sociopolítico cristiano, para que sean portadores de los principios y las directivas concretas de la Doctrina social de la Iglesia Católica. Es necesario afirmar la primacía de Dios en la vida humana y en la historia, respetando el derecho de Dios sobre todo lo que le pertenece.

           Esta es una de las bisectrices basales de la misión de la Iglesia y de los cristianos: hablar de Dios y dar testimonio a los hombres y a las mujeres. Cada uno de nosotros, por el Bautismo, estamos llamados a ser presencia viva en la sociedad, animándola con el Evangelio y con la savia vital del Espíritu Santo. Se trata de esforzarse con humildad y con valor, dando la propia contribución a la edificación de la civilización del amor, en la que reine la justicia, la fraternidad y la Paz.

         Aportemos intelecto y sabiduría cristiana en la elaboración de esta nueva constitución política para Chile. para que el respeto mutuo se recupere y se instaure en nuestra sociedad, a pesar de nuestras diferencias políticas. El respeto es esencial para el buen funcionamiento de nuestra democracia.  Si nuestro discurso público simplemente se rebaja a rencores, nos alejamos del espacio político creativo. Nuestro país está sufriendo un momento de grave dimisión y falta de fe.  La gente está enfadada y asustada.  Un País dolido, sediento de espiritualidad y consientes de la centralidad que ocupa la relación con el Señor en nuestras vidas. Tenemos que redescubrir el arte de tener un argumento real y ecuánime en nuestros discursos. Las dos opciones típicamente propuestas por nuestra cultura son “la oposición violenta” y la “tolerancia blanda”. Pero entre estos dos caminos finalmente infructuosos está la argumentación, que implica la descripción cuidadosa de la situación en cuestión, la obtención de pruebas, la formulación cuidadosa de hipótesis, la extracción de conclusiones y, finalmente, la voluntad de vivir con la verdad descubierta.

          Seré majadero en esto; que el humanismo cristiano entendido como expresión política-social parte de la concepción de la persona humana y de la sociedad fundamentada en los valores y principios del cristianismo, una corriente de pensamiento que proyecta hacia la sociedad humana dichos valores y principios, para normar las relaciones entre los seres humanos y para orientar su labor de construir un orden social justo, solidario y ético. Cuyas fuentes del humanismo cristiano son, principalmente, la filosofía cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia católica, las cuales establecen orientaciones fundamentales sobre la concepción de la persona, los valores del orden social, la justicia en las relaciones humanas y el Estados, el bien común como finalidad de la acción política y la ética como sustento de ésta y de la cultura.

          El humanismo cristiano, como doctrina o pensamiento general sobre la persona, la sociedad, el Estado y la política, no es patrimonio de ninguna ideología ni de un partido político. Su razón de ser es, inspirar la acción política, social y cultural, porque aspira a realizarse en la vida concreta y cotidiana de la sociedad y ser, en tal sentido, fundamento para la acción política y social de los cristianos, por su contundencia en la defensa de la dignidad de la persona humana, pone en primer lugar, la cuestión de los derechos fundamentales de ésta, haciendo de ellos el eje de cualquier política concreta de Estado, porque entiende y sostiene que el Estado está al servicio de la persona y no la persona al servicio del Estado.

          Como ciudadanos libres, democráticos y cristianos, participemos como constituyente de la redacción de esta nueva constitución, Jesús nos invita a que busquemos los ideales de justicia y de amor social que nacen de la esperanza. Tengámoslo presente que una Nueva constitución Política para Chile no cambiara la conducta, aptitudes y valores de ciertos ciudadanos que están dañando a la sociedad chilena. Pero participemos coherentemente en la redacción con nuestros principios doctrinarios, demos testimonio de lo que creemos y en los valores y principios del cristianismo que pueden sostener a la democracia y la institucionalidad. Profesemos nuestra fe con coherencia, de este modo podremos responder al Señor y acercarnos un poco más a Él.

          La visión bíblica de la sociedad está enraizada en el anhelo de una comunidad perfecta del amor. Isaías expresa esto en las imágenes de la paz entre los animales, Isaías 11, 1-11 y del “nuevo cielo y la nueva tierra”, Isaías 65, 17-25. Jesús resume su vida en la última frase de su oración, antes de su detención: “Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” Juan 17, 26.

       Dios no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad, mira la generosidad con la que nos ponemos a su servicio. Su actuar es más que justo, en el sentido de que va más allá de la justicia y se manifiesta en la Gracia.

       Si Dios no existe en la vida de la persona, todo le es permitido. Si sacamos a Dios de la arena pública, los derechos y valores fundamentales del hombre están en peligro.

Josè Antonio Mora Gòmez

Hacer presencia del evangelio en la asamblea constituyente 2021.